Tengo 39 años,
mido 1.70, soy delgada, rubia y llevo lentes de montura fina que me hacen
parecer más estricta de lo que soy. En la universidad me llaman profesora Elena
Martínez y, durante años, he sabido mantener la fachada: blusas impecables,
faldas lápiz, voz firme. Pero Javier lo rompió todo.
Él tiene 21,
juega fútbol y se sienta en primera fila solo para devorarme con la mirada.
Durante meses noté cómo sus ojos oscuros subían por mis piernas cuando escribía
en la pizarra, cómo se detenían en mis tobillos, en la curva de mis
pantorrillas, en el lugar donde la falda se ajustaba a mis caderas. Al
principio fingí no verlo. Luego empecé a provocarlo a propósito: faldas más
cortas, blusas con un botón menos, días en que me quitaba el sostén en el baño
antes de entrar al aula y sentía mis pezones endurecerse contra la tela solo de
imaginarlo mirándome.
El viernes
pasado no pude más.
Cuando terminó
la clase y todos se fueron, cerré la puerta yo misma y giré la llave. El clic
resonó como un latigazo.
—Javier, quédate.
Me senté en el
borde del escritorio, crucé las piernas despacio para que la falda subiera lo
justo y viera el encaje de las medias. Lo miré por encima de los lentes.
—Tu último
ensayo es un desastre. ¿Qué te pasa?
Se acercó sin
pedir permiso. Olía a jabón y a deseo contenido.
—No puedo
concentrarme, profesora. Usted lo sabe perfectamente.
Sentí que se me
humedecía el tanga al instante.
—¿Yo lo sé?
Se detuvo a
centímetros. Su voz bajó hasta un susurro ronco.
—Se pone esas
faldas tan cortas que cuando se agacha veo el borde de las medias. Se inclina
para recoger un lápiz y se le marcan los pezones. Algunos días no usa sostén y
se le transparenta todo. Me tiene loco desde septiembre.
El aula estaba
en silencio absoluto. Solo se oía mi respiración acelerada.
Tragué saliva.
Mi voz salió más temblorosa de lo que quería.
—¿Y qué esperas
que haga con eso?
Él sonrió
apenas, esa sonrisa de quien ya ganó.
—Que deje de
fingir que no se moja cuando me mira.
Tres segundos.
Tres segundos en los que pensé en mi contrato, en mi reputación, en los 18 años
que nos separaban. Y los mandé al carajo.
Me quité los
lentes con dedos temblorosos y los tiré sobre el escritorio.
—Cierra con
doble vuelta.
Obedeció. El
segundo clic fue definitivo.
Me levanté, me
planté frente a él y lo besé con violencia, mordiéndole el labio hasta sentir
sabor a sangre. Mis manos fueron directas a su cinturón; él metió las suyas
bajo mi falda y gruñó al tocar el encaje húmedo del tanga.
—Joder, estás
empapada —susurró contra mi boca.
Le bajé el cierre
y saqué su pene de un tirón. Era más gruesa de lo que había imaginado, venosa,
caliente, la punta ya brillando. La apreté fuerte y él jadeó.
Me arrodillé sin
apartar la vista. Lamí desde la base hasta la punta, lento, saboreando la sal
de su piel. Luego me la metí entera, hasta que sentí la cabeza golpearme la
garganta. No tuve arcadas; años de práctica en secreto me sirvieron. Empecé a
chupar con fuerza, subiendo y bajando, usando la lengua en la parte de abajo
mientras él agarraba mi pelo rubio y empujaba.
—Así, profesora…
trágatela toda.
Me encantó que
me llamara así mientras me follaba la boca. Sentí que me corría un poco solo
con eso, un espasmo pequeño entre las piernas.
—Quiero estar
dentro de ti —dijo, casi suplicando.
Me puse de pie,
me quité el tanga empapado y se lo metí en el bolsillo de la camisa.
—Guárdalo. Vas a
olerlo cada vez que te acuerdes de mí.
Me giré, apoyé
las manos en el escritorio y subí la falda hasta la cintura. Mi culo quedó al
aire, mi sexo abierto y brillante. Sentí su mirada quemándome.
Escuché que se
escupía en la mano, luego la punta rozándome, provocándome, abriendo los
labios.
—¿Me quieres
dentro, profesora?
—Te quiero
destrozándome —respondí sin reconocer mi propia voz.
Entró de una
sola embestida hasta el fondo. Grité, me mordí el antebrazo para no alertar a
los de seguridad. Era enorme, me llenaba por completo, me dolía deliciosamente.
Empezó a moverse despacio, saliendo casi del todo y volviendo a clavarse hasta
que sus huevos chocaban contra mí.
El escritorio
temblaba. Los libros caían. Yo empujaba hacia atrás para sentirlo más profundo.
—Mírame —ordené.
Giré la cabeza.
Él me miraba mientras me penetraba, viendo cómo mis tetas rebotaban bajo la
blusa, cómo me temblaba el labio inferior. Metí la mano entre mis piernas y
empecé a frotarme el clítoris hinchado, rápido, en círculos desesperados.
—Más fuerte,
Javier. Rómpeme.
Me agarró de las
caderas con tanta fuerza que supe que quedaría marcada. Embestía como animal,
rápido, profundo, sin piedad. El sonido era obsceno: piel contra piel, mi
humedad chorreando por mis muslos, sus huevos golpeando, mis gemidos que ya no
podía contener.
—Vas a correrte
en mi pene, profesora —gruñó.
Y me corrí. Me
corrí tan fuerte que vi estrellas, apretándolo dentro con contracciones que lo
hicieron gemir alto. Seguí frotándome, prolongando el orgasmo, temblando
entera, las piernas flojas.
Él no paró.
Siguió follándome mientras me corría, alargando el placer hasta que fue casi
dolor.
—Ahora yo —dijo,
y sentí cómo se hinchaba más dentro de mí.
Me agarró del
pelo, tiró mi cabeza hacia atrás y se hundió hasta el fondo. Noté cada chorro
caliente llenándome, uno, dos, tres, cuatro… hasta que se quedó quieto,
respirando contra mi nuca.
Se salió
despacio. Sentí el vacío y su semen resbalando por mis muslos, caliente,
abundante. Me quedé apoyada en el escritorio, temblando, con la falda arrugada
en la cintura y el culo al aire.
Él se subió los
jeans. Me miró.
—¿El lunes
traigo el ensayo?
Sonreí, agotada,
con la voz rota.
—El lunes
cierras la puerta otra vez.
Se acercó, me
dio un beso suave en la nuca y se fue.
Me quedé sola,
con su semen goteando hasta mis tobillos, el aula oliendo a sexo, mi tanga en
su bolsillo y mi clítoris todavía palpitando.
Solo hoy, me
repetí.
Mentira. El
lunes voy a usar la falda más corta que tenga. Y no me pondré nada debajo.
