Me temblaban las
piernas mientras cerraba la puerta del aula de literatura. Eran casi las siete
de la tarde y la preparatoria estaba casi vacía. Solo quedábamos él y yo.
—Profesor… ¿de
verdad podemos hacer esto aquí? —susurré, mordiéndome el labio inferior. Mi
uniforme todavía estaba puesto: falda plisada corta, medias hasta los muslos y
la blusa blanca ligeramente desabotonada.
El profesor
Martínez, alto, de voz grave y mirada intensa, se acercó por detrás y apoyó sus
manos grandes en mi cintura. Sentí su aliento cálido en mi oreja.
—Llevas semanas
provocándome, Rebeca. Esos ojos que me miran durante toda la clase, cómo cruzas
las piernas… Ya no aguanto más —murmuró mientras sus labios rozaban mi cuello—.
Tienes 19 años. Eres mayor de edad. Y yo ya no puedo fingir que no te deseo.
Un escalofrío me
recorrió todo el cuerpo. Sentí cómo mis pezones se endurecían contra la tela de
la blusa. Me giré lentamente y lo miré a los ojos, sonrojada.
—Entonces…
enséñeme, profesor —respondí con voz entrecortada, usando el mismo tono
inocente que usaba en clase.
No necesitó más.
Me levantó con facilidad y me sentó sobre su escritorio. Sus manos subieron por
mis muslos, apartando la falda. Mis bragas ya estaban húmedas. Muy húmedas.
—Estás empapada…
—gruñó con aprobación mientras deslizaba dos dedos por encima de la tela,
presionando justo donde más palpitaba.
—Ahh… Profesor…
—gemí, abriendo más las piernas sin vergüenza—. Me pongo así cada vez que me
mira en clase… Fantaseo con que me toca así…
Sus dedos
apartaron la braga a un lado y entraron despacio en mi interior. Estaba tan
mojada que entraron sin resistencia. Empezó a moverlos con ritmo experto,
curvándolos justo en el punto que me hacía ver estrellas.
—Tan apretada… y
tan caliente —susurró contra mi boca antes de besarme con hambre. Su lengua
invadía mi boca mientras sus dedos entraban y salían cada vez más rápido.
Yo jadeaba
contra sus labios, moviendo las caderas para buscar más fricción.
—Quiero… quiero
sentirlo… por favor… —supliqué, bajando la mano para acariciar el bulto enorme
que se marcaba en su pantalón.
Él se desabrochó
el cinturón con una mano mientras seguía penetrándome con los dedos. Cuando
liberó su miembro, grueso, largo y completamente erecto, se me hizo agua la
boca. La cabeza estaba brillante de precum.
—Póntelo en la
boca primero —ordenó con voz ronca.
Me bajé del
escritorio y me arrodillé frente a él como en mis fantasías más sucias. Lo miré
desde abajo con ojos brillantes y abrí la boca. Primero lamí despacio la punta,
saboreando su sabor salado, luego lo metí todo lo que pude, sintiendo cómo me
llenaba la garganta.
—Joder, Rebeca…
así… chúpalo bien profundo —gruñó, sujetándome el cabello con una mano.
Succioné con
ganas, moviendo la cabeza, dejando que mi saliva corriera por su pene mientras
lo masturbaba con la mano. Sus gemidos graves me ponían todavía más cachonda.
De repente me
levantó, me dio la vuelta y me inclinó sobre el escritorio. Levantó mi falda
hasta la cintura, bajó mis bragas hasta las rodillas y colocó la gruesa cabeza
de su pene en mi entrada.
—¿Estás lista?
—preguntó, rozando mi vagina empapada.
—Sí… métamelo
todo, profesor… por favor… —rogué, empujando hacia atrás.
De un solo
empujón fuerte me penetró hasta el fondo. Grité de placer. Era tan grande que
sentía cómo me abría completamente.
—¡Ahhh! ¡Es
enorme…! —gemí mientras él empezaba a penetrarme con embestidas profundas y
rápidas.
El sonido de su
pelvis chocando contra mi trasero llenaba el aula. Cada vez que entraba del
todo, tocaba un punto que me hacía temblar.
—Tan estrecha…
me aprietas delicioso —gruñó, dándome una nalgada fuerte que me hizo gemir más
alto.
Me penetraba
cada vez más duro, agarrándome de las caderas. Mis tetas se sacudían contra el
escritorio y mis jugos corrían por mis muslos.
—Profesor… me
voy a correr… ¡no pare! —supliqué casi llorando de placer.
— Córrete para
mí, Rebeca. Quiero sentir cómo te corres en mi pene.
Mi orgasmo me
golpeó como una ola. Todo mi cuerpo se tensó y empecé a convulsionar alrededor
de su miembro, gritando su nombre. Él siguió penetrándome durante mi orgasmo,
prolongándolo hasta que casi no podía sostenerme.
Cuando mi cuerpo
aún temblaba, salió de mí, me giró y me puso de rodillas otra vez.
—Abre la boca.
Obedecí.
Segundos después, gruesos chorros calientes de semen cayeron sobre mi lengua,
mi cara y mis tetas. Me corrí otra vez solo con sentir su semen caliente sobre
mi piel.
Me miró desde
arriba, respirando agitado, y acarició mi mejilla.
—Esto solo es el
principio —dijo con una sonrisa oscura—. Mañana después de clase te quiero en
mi oficina… sin bragas.
Sonreí, todavía
con su semen en los labios.
—Sí, profesor… como usted ordene.
