Trabajo en el turno nocturno del hotel. A esa hora, todo se pone más callado, más pausado… más íntimo. Las luces del lobby estiran sombras largas en el piso, y el eco de mis pasos se junta con mi propia respiración.

Y ahí está él. Leonardo, el mayordomo nocturno.

Siempre impecable. Siempre sereno. Pero con unos ojos que parecen saberlo todo.

Esa noche, como en varias otras, pasó por el mostrador. Su voz, baja y ronca, me dijo:

—Habitación 704 pidió servicio.

Asentí. Pero cuando alcé la vista, ya no miraba la bandeja. Me miraba a mí, fijo, como si me desnudara con la mirada.

Sentí un calor subiendo por mi pecho hasta la garganta. Quizá nervios. Quizá ganas puras.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté, fingiendo que no me temblaba la voz. —Podría —respondió, con una sonrisa chiquita que me dejó sin defensas. Yo sabía leer esas sonrisas.

Salí del mostrador y me acerqué. No mucho. Solo lo suficiente para que su aliento se mezclara con el mío.

—Te estaba esperando —solté. No sé de dónde saqué el valor. Él dio un paso. Yo no me moví. —Dilo otra vez —susurró pegado a mi oído, sin rozarme. —Te estaba esperando —repetí, ya sin miedo.

Ahí sí me tocó la cintura. Su mano firme, pero lenta. Como si pidiera permiso sin decirlo.

No nos besamos ahí. Todavía no. Pero el cuerpo ya sabía lo que la boca callaba.

Minutos después, subíamos a una suite vacía. La llave ya la traía en la mano, antes de que yo la pidiera. Como si él también hubiera estado esperando esto un chingo de tiempo.

Cuando la puerta se cerró, no hubo espera.

Lo jalé por la camisa y lo pegué a mí. El beso fue hondo, caliente, sin rodeos. Mis dedos se enredaron en su pelo y sentí cómo me alzaba por la cintura, pegándome a su cuerpo duro, como si se hubiera estado aguantando semanas enteras.

Me apoyó contra la pared. Su boca bajó por mi cuello, despacio, lamiendo y mordiendo suave, probando cada pedacito de piel. Mi respiración se cortó en un gemido bajito que él captó al vuelo.

—Aquí… contigo… —murmuré sin pensar.

Me miró a los ojos y me desabotonó la blusa lento. No con prisa. Con un hambre que se notaba en cada movimiento.

Le quité la camisa a él. Quería tocar su piel, sentir su calor en mis manos, grabármelo.

Nos fuimos al sillón y me senté encima de él, a horcajadas. Sus manos en mis caderas, apretando. Mi boca en su cuello, chupando y mordiendo. El ritmo salió solo, como si lo hubiéramos practicado en sueños.

Bajé la mano y le abrí el pantalón, sacando su verga dura, ya palpitando por mí. La acaricié fuerte, sintiendo cómo se hinchaba en mi palma. Él gruñó bajito y me subió la falda, apartando mis bragas con dedos ansiosos.

Me moví sobre él, primero despacio, rozando mi humedad contra su punta, hasta que no aguanté y me dejé caer, empalándome en él de un solo movimiento. Sentí cómo me llenaba por completo, estirándome, tocando fondo.

—¡Oh por dios!, qué rica estás —murmuró él, guiándome con las manos en mi trasero.

Empecé a moverme más rápido, subiendo y bajando, sintiendo su grosor deslizándose dentro de mí, rozando ese punto que me hacía jadear. Mis tetas rebotaban libres, y él las agarró, chupando un pezón duro mientras yo gemía su nombre.

El sudor nos pegaba, el sillón crujía con cada embestida. Sentí el orgasmo subiendo, apretándome por dentro, hasta que exploté, contrayéndome alrededor de su verga, gritando suave contra su hombro.

Él me levantó de golpe, me volteó y me puso de rodillas sobre el sillón, de espaldas. Volvió a entrar en mí, embistiendo fuerte, agarrando mis caderas. Sus gruñidos se hicieron más rápidos, más urgentes.

—Voy a correrme… —jadeó. Sacó su verga justo a tiempo y se corrió caliente sobre mi espalda, chorros gruesos que resbalaron por mi piel mientras yo temblaba todavía con el eco de mi propio placer.

Nos quedamos así, jadeando el mismo aire. Su mano en mi espalda, acariciando. Mi frente en el respaldo del sillón, oliendo su sudor mezclado con el mío.

—Esto va a pasar otra vez —dijo él, sin preguntar. —Lo sé —respondí. Y lo supe.

Porque lo estaba esperando desde la primera noche.