Alex está ahí, sentado en la camilla, con esa camiseta que se le pega al torso como si fuera una segunda piel. Diecinueve años. Músculos que aún no saben lo que es el cansancio. Me mira y se muerde el labio inferior; lo noto porque yo también me muerdo el mío.
—Quítate la camisa —le digo, y mi voz sale más ronca de lo que esperaba.
Obedece. Los botones saltan uno a uno, y cuando la tela cae al suelo, siento que algo dentro de mí se rompe. Su pecho sube y baja rápido; puedo ver el latido en su garganta. Me pongo los guantes por pura costumbre, pero los arranco casi de inmediato. No quiero látex entre nosotros.
Mis dedos recorren su abdomen, presionando, palpando, fingiendo que busco una lesión. Pero lo que busco es el calor que irradia de él, ese calor que me hace apretar los muslos bajo la bata. Cuando llego al borde de sus jeans, él traga saliva.
—¿Duele aquí? —pregunto, y mi mano baja un centímetro más.
—No… doctora… —susurra, y su voz tiembla.
Me quito la bata. La blusa. El sujetador. Todo cae al suelo como si pesara demasiado. Mis pechos, pesados y sensibles, rozan su pecho desnudo cuando me inclino para besarlo. Su boca sabe a juventud y a nervios. Lo empujo contra la camilla y me arrodillo.
Su pene salta libre cuando le bajo los jeans. Es gruesa, venosa, palpitante. La agarro con firmeza y la acaricio despacio, sintiendo cómo se endurece aún más en mi mano. Me mira desde arriba, los ojos muy abiertos, y yo sonrío antes de meterlo en mi boca.
Chupo con avidez. La lengua recorre la punta, luego baja hasta la base. Él gime, agarra mi moño y lo deshace; mi pelo cae en cascada sobre sus muslos. Lo trago profundo, hasta que siento que me ahogo, y aun así sigo. Quiero que recuerde este sabor para siempre.
—No aguanto… —jadea.
Me pongo de pie, me quito la falda, la ropa interior. Me subo a la camilla y me siento sobre él. Guío su pene hacia mi vagina, que ya está empapado, y bajo de golpe. Me llena por completo. Gimo. Él gime. Empiezo a moverme, lento al principio, luego más rápido, cabalgándolo con furia.
Sus manos amasan mi trasero, mis tetas rebotan contra su pecho. Me inclino para morderle el cuello, para arañarle la espalda. Siento el orgasmo venir, como una ola que me va a romper.
—Dentro —susurro—. Lléname.
Él obedece. Explota dentro de mí, caliente, abundante. Yo me corro un segundo después, apretándolo con mi vagina, ordeñándolo hasta la última gota. Me quedo ahí, temblando, con su semen goteando por mis muslos.
Cuando me bajo, me visto despacio. Él me mira, exhausto, con una sonrisa boba.
—Vuelve la próxima semana —le digo, guiñándole un ojo—. Para un seguimiento.
Y mientras él se viste, yo ya estoy pensando en la próxima vez.
