Era mi primer día de trabajo después de salir de la universidad. Tenía el estómago lleno de mariposas mientras entraba al edificio de cristal, con mi blusa blanca planchada y mi falda lápiz negra ajustada. Me ajusté los lentes antes de subir al elevador, respirando profundo. Don Miguel, mi jefe directo, me había contratado tras una entrevista donde sus ojos no dejaron de recorrer mi cuerpo. Ahora, aquí estaba, lista para demostrar que valía la pena.

Llegué al piso 15 y la recepcionista me guio hasta mi cubículo. “El señor Miguel te espera en su oficina para orientarte”, dijo con una sonrisa. Caminé por el pasillo, sintiendo las miradas de algunos compañeros. Golpeé la puerta de vidrio esmerilado.

—Pasa —dijo su voz grave desde adentro.

Abrí y ahí estaba él, de pie junto a la ventana, con una camisa azul que marcaba sus hombros anchos y canas brillando en su cabello corto. Me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis piernas.

—Bienvenida, Rebecca. Siéntate —señaló la silla frente a su escritorio.

Me senté, cruzando las piernas. Él se acomodó enfrente, abriendo una carpeta con mi currículum.

—Recién egresada, excelentes calificaciones… y muy puntual —comentó, alzando una ceja—. Hoy te pondré al día con el proyecto de la campaña nueva. Trabajaremos juntos.

Asentí, tomando notas mientras explicaba. Cada vez que se inclinaba para señalar algo en la pantalla, su brazo rozaba el mío. Sentí un calor subir por mi cuello. Al final de la reunión, me dio una pila de documentos.

—Quédate hasta las siete. Necesito que los revises conmigo.

El resto del día pasó volando. A las seis, la oficina se vació. Solo quedábamos nosotros. Fui a su oficina con los papeles. La luz del atardecer entraba por las persianas, pintando rayas doradas en el suelo.

—Ciérrala con llave —dijo sin levantar la vista.

Obedecí. El clic resonó. Se levantó y rodeó el escritorio hasta quedar frente a mí.

—Has estado nerviosa todo el día —murmuró, quitándome los lentes con cuidado y dejándolos a un lado—. Relájate.

Sus dedos rozaron mi mejilla, bajando hasta mi barbilla. Me alzó el rostro. Sus labios se posaron en los míos, suaves al principio, luego con hambre. Abrí la boca y su lengua entró, explorando. Gemí contra él. Sus manos bajaron a mi blusa, desabotonándola despacio, botón por botón, hasta que quedó abierta. El sostén de encaje negro dejó ver mis pechos firmes.

—Perfectos —susurró, bajando la cabeza para lamer un pezón por encima de la tela.

Me arqueé. Desabrochó el sostén y lo dejó caer. Tomó mis pechos con ambas manos, masajeándolos, pellizcando los pezones hasta que dolieron de placer. Bajé las manos a su cinturón, temblando. Él me detuvo.

—Aún no.

Me giró y me inclinó sobre el escritorio. Subió mi falda hasta la cintura, dejando mis bragas de encaje a la vista. Las bajó de un tirón. Sentí el aire fresco en mi coño ya húmedo. Un dedo se deslizó entre mis labios, abriéndolos.

—Estás empapada desde que entraste —dijo, metiendo el dedo hasta el fondo.

Gemí fuerte. Agregó otro, moviéndolos rápido, curvándolos para rozar ese punto dentro de mí. Mi cuerpo tembló. Me agarré al borde del escritorio mientras él lamía mi espalda, bajando hasta mis nalgas. Mordió una, luego la otra.

Se arrodilló. Su lengua lamió mi coño de atrás hacia adelante, deteniéndose en el clítoris. Lo succionó con fuerza, metiendo la lengua adentro, saboreando cada gota. Mis piernas flaqueaban.

— ¡Oh por dios! —grité, empujando contra su cara.

Metió dos dedos mientras chupaba, hasta que me vine con un grito ahogado, mis jugos chorreando por sus dedos. Se levantó, lamiéndose los labios.

—Ahora tú.

Me giró y me puso de rodillas. Desabrochó su pantalón. Su pene salió duro, grueso, con venas marcadas. Lo tomé con ambas manos, masturbándolo despacio. La punta brillaba de precum. Abrí la boca y lo lamí, girando la lengua alrededor. Él gruñó, agarrándome el pelo.

—Más adentro.

Empujó hasta el fondo de mi garganta. Tosí, pero no paré. Lo chupé con ganas, subiendo y bajando, mis manos en sus bolas. Él cogía mi boca con ritmo, cada vez más rápido. La saliva corría por mi barbilla, caía sobre mis pechos.

—Levántate —ordenó, sacándolo.

Me subió al escritorio, abrió mis piernas. Frotó su pene contra mi coño, empapándolo con mis jugos.

—¿Quieres que te coja?

—Sí… cógeme duro.

Entró de una embestida. Me llenó por completo, estirándome. Grité. Empezó a moverse, lento al principio, luego más rápido. El escritorio crujía. Sus bolas golpeaban mi culo con cada estocada. Me agarró las caderas y me cogió con fuerza, profundo, sin piedad.

— ¡Oh por dios, sí! —grité, clavándole las uñas en la espalda.

Me levantó en brazos, sin salir de mí. Caminó hasta el sofá de la oficina y me sentó a horcajadas sobre él. Reboté encima, mi coño tragándose su pene una y otra vez. Él chupaba mis pechos, mordiendo los pezones. Me vine otra vez, apretándolo fuerte.

—Otra posición —dijo, levantándome.

Me puso de espaldas en el sofá, de rodillas. Entró por detrás, agarrando mi pelo. Me cogió como animal, sus caderas chocando contra mi culo. Sentí su pene rozar mi punto G con cada embestida. Grité, me vine de nuevo, temblando.

—Quiero tu cara —gruñó.

Me bajó del sofá y me puso de rodillas otra vez. Se masturbó rápido frente a mí, su pene hinchado. Abrí la boca, saqué la lengua.

—Aquí viene…

El primer chorro cayó en mi mejilla, caliente y espeso. El segundo en mi lengua, el tercero en mi frente. Siguió corriéndose, pintando mi cara entera de semen. Gemí, lamiendo lo que podía alcanzar. La última gota cayó en mis labios.

Me miró, jadeante, y sonrió.

—Bienvenida al equipo, Rebecca. Mañana repetimos… en mi casa.