Trabajo en el turno nocturno del hospital.
A esa hora, los
pasillos se vuelven más silenciosos, las luces bajan a un tenue resplandor
ámbar y el aire se carga de un olor a desinfectante mezclado con el calor
humano que se escapa de las habitaciones. Todo respira más lento, más pesado.
A mí me gusta.
Es el único
momento del día en que siento que existo solo para mí… mi cuerpo se relaja, mis
pezones se endurecen bajo el uniforme por el frío del aire acondicionado y
fantaseo con manos ajenas deslizándose por mi piel.
O al menos así
era, hasta que apareció Julián.
Paramédico.
Siempre llega
tarde a entregar reportes, con el uniforme ajustado marcando el bulto de sus
músculos y esa protuberancia sutil en sus pantalones que no puedo ignorar.
Cabello un poco
despeinado, esa voz calmada y ronca, y una manera de mirarme… como si ya
supiera lo mojada que me pongo solo con su presencia.
La primera vez
que le hablé fue por rutina.
—¿Traes reporte
de las 3:40? —le dije, mi voz saliendo más temblorosa de lo que quería.
—Sí… pero creo
que tú eres más interesante que el reporte —respondió, mirándome directo a los
ojos, luego bajando lentamente a mis labios, a mi cuello, a mis pechos que
subían y bajaban con mi respiración acelerada.
Sentí un pequeño
latido justo debajo de las costillas… y un pulso más intenso entre mis piernas,
mi vagina contrayéndose de anticipación.
No dije nada. No
podía. Mi boca se secó, imaginando su lengua allí.
Con los días, su
presencia empezó a sentirse… inevitable.
Si yo caminaba
por el pasillo, él estaba ahí, rozando “accidentalmente” su brazo contra el
mío, haciendo que un escalofrío recorriera mi espina dorsal hasta mi clítoris.
Si yo subía al
ascensor, él llegaba justo antes de que se cerrara la puerta, su cuerpo grande
invadiendo mi espacio, su aliento cálido en mi nuca, el olor a sudor masculino
y adrenalina de las emergencias volviéndome loca.
Si yo terminaba
mi turno, él aparecía en la salida, con esa sonrisa que prometía follarme hasta
que no pudiera caminar.
Nunca me tocó.
Nunca se acercó
demasiado.
Pero sus ojos…
devoraban cada curva de mi cuerpo, como si ya me estuviera penetrando con la
mirada.
A veces basta
una mirada para desnudar un pensamiento… y para mojar mis bragas.
Una noche, al
terminar mi turno, lo vi recargado en la barandilla de la entrada del hospital.
Las luces
exteriores le marcaban la mandíbula afilada, la sombra del cuello donde quería
lamer, la curva de los brazos que imaginaba rodeándome y el bulto creciente en
sus pantalones que me hacía salivar.
Me esperaba.
Y yo lo sabía.
Mi vagina ya palpitaba, empapada.
—¿Vas a casa?
—me preguntó, su voz grave vibrando en mi pecho.
—Sí.
—Te acompaño.
No lo dije, pero
lo pensé: Te quiero dentro de mí, ahora.
Caminamos en
silencio.
La ciudad
dormía.
Solo se
escuchaban nuestros pasos y la forma en que mi respiración se aceleraba cuando
él se acercaba medio centímetro más, su mano rozando la mía, enviando chispas
directas a mi entrepierna. Mi clítoris hinchado rozaba contra la tela de mis
bragas con cada paso, torturándome.
Al llegar a mi
edificio, él se detuvo.
—Sofía —dijo mi
nombre como si lo hubiera gemido antes, como si lo hubiera gritado en la cama
muchas veces.
Yo lo miré.
No hice ninguna
pregunta.
Solo lo tomé por
la camisa, atrayéndolo con fuerza, y choqué mis labios contra los suyos.
El beso no fue
tímido.
Fue necesario.
Voraz.
Cálido, con
lenguas enredándose, saboreando el hambre mutua.
Húmedo, saliva
mezclándose mientras mordía su labio inferior, gimiendo en su boca.
Profundo, su
lengua follándome la boca como quería que su pene me follara la vagina.
Él sostuvo mi cintura
con manos firmes, no para poseerme, sino para sentirme temblar, para presionar
su erección dura contra mi vientre, dejándome sentir lo grueso y palpitante que
estaba por mí.
Mi cuerpo
reaccionó como si lo hubiera estado esperando desde siempre: mis pezones duros
como piedras rozando su pecho, mi vagina inundada, contrayéndose vacía y
ansiosa.
Entramos a mi
departamento.
La puerta se
cerró con un golpe detrás de nosotros.
Lo empujé
suavemente contra ella, besándolo otra vez, mis manos bajando para desabrochar
su cinturón con urgencia.
Sus manos
subieron por mi espalda, por mis costillas, por mi cuello, luego bajando para
apretar mis tetas, pellizcando mis pezones a través de la tela hasta que grité
de placer.
Mi piel ardió,
cada poro electrificado.
—Te pensé todo
el día —le dije, sin disimular, mi voz ronca mientras frotaba mi vagina contra
su muslo—. Pensé en tu pene dentro de mí, estirándome.
—Yo también
—respondió, y su voz bajó de tono, como si ya estuviera dentro de mí,
follándome con palabras—. Pensé en lamer tu vagina hasta que te vinieras en mi
boca.
Me levantó por
la cintura con facilidad, sus manos fuertes en mi trasero, y me sentó sobre el
mueble, abriendo mis piernas de un tirón.
Yo le desabroché
la camisa, sintiendo el calor de su pecho, la tensión bajo su piel, los
músculos contraídos, y bajé para liberar su pene: grueso, venoso, la punta ya
goteando pre-semen que lamí con avidez antes de metérmelo en la boca, chupando
fuerte mientras él gemía mi nombre.
Él deslizó mis
tirantes con la boca, mordiendo mi hombro, luego bajando para succionar mis
pezones expuestos, tirando de ellos con dientes hasta que arqueé la espalda, mi
vagina chorreando por mis muslos.
La forma en la
que me tocaba era lenta al principio, tortuosa.
Casi como si me
rezara, sus dedos deslizándose bajo mi falda, apartando mis bragas empapadas,
hundiendo dos en mi vagina resbaladiza, curvándolos para golpear ese punto que
me hace ver estrellas.
Mi respiración
se quebró, gemidos escapando mientras me follaba con los dedos, su pulgar
circulando mi clítoris hinchado.
—No pares
—susurré contra su cuello, mordiendo su piel salada.
Y no lo hizo.
Sacó los dedos,
los lamió limpios mirándome a los ojos y me tomó por las caderas, guiándome
sobre su pene duro. La punta rozó mi entrada, untándose en mis jugos, y empujó
dentro de mí de un solo movimiento profundo, estirándome deliciosamente,
llenándome hasta el fondo.
Marcando el
ritmo: profundo, intenso, lento al principio, cada embestida rozando mi cervix,
haciendo que mis paredes se contrajeran alrededor de él; después más rápido,
más salvaje, sus bolas golpeando mi trasero con cada follada.
Hasta que solo
quedaba:
mis uñas
clavadas en su espalda, arañando surcos rojos;
su boca en mi
cuello, chupando y mordiendo, dejando marcas;
nuestros cuerpos
moviéndose el uno contra el otro, sudorosos, resbaladizos, su pene entrando y
saliendo de mi vagina con sonidos obscenos de carne húmeda;
como si
hubiéramos nacido para encajar, mi vagina succionándolo, ordeñándolo.
Llegué primero,
mi orgasmo explotando en oleadas, mi vagina convulsionando alrededor de su
pene, chorros de jugo empapando sus bolas mientras gritaba su nombre, mis
piernas temblando.
Pero él no me
dejó ir.
Siguió
follándome con fuerza, sosteniéndome, pegándome más a él, su pene hinchándose
dentro de mí hasta que gruñó y se corrió, inundándome con chorros calientes de
semen, llenándome hasta que goteaba por mis muslos.
Caímos juntos,
respirando el nombre del otro, con la frente apoyada, sudor en la piel, el olor
a sexo impregnando el aire y el mundo reducido a silencio.
Me quedé sobre
su pecho, escuchando su corazón latiendo fuerte, su pene aún semiduro dentro de
mí, palpitando.
—Mañana a la
misma hora —dije, contrayendo mi vagina alrededor de él para provocarlo.
—Te espero
—susurró, besándome la clavícula, lamiendo el sudor allí, como si esa fuera la
promesa de más folladas interminables.
Y supe que no había vuelta atrás.
