Una mañana mi hijo me pidió un favor: que limpiara la casa de su mejor amigo Alex, un joven de 18 años que vive solo desde que sus padres se mudaron. “Es responsable, mamá, solo necesita orden y te pagará bien”, dijo. Acepté sin imaginar lo que vendría.

Llegué a media mañana con mi uniforme: blusa ajustada que marca mis pechos y falda hasta las rodillas. Alex abrió la puerta, alto, atlético, con una sonrisa tímida.

—Gracias por venir, señora López —dijo—. Mi amigo dice que eres la mejor.

—Llámame Ana, por favor —respondí, sintiendo un cosquilleo cuando me miró—. Vamos a empezar.

Empecé en la sala, quitando polvo. Me estiraba para alcanzar los estantes altos; mi falda se subía un poco, mostrando mis muslos. Noté que él me observaba desde el sofá, fingiendo leer.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó al verme con la lámpara alta.

Me giré y quedé frente a su pecho; mi cabeza apenas le llegaba ahí.

—No, yo… puedo sola —murmuré, pero mi voz tembló.

Extendió la mano para tomar el trapo y rozó mis dedos. Fue como electricidad.

—Eres tan pequeña —susurró, mirándome los labios.

—Y tú tan alto —respondí, sonriendo sin poder evitarlo.

Sin más palabras, me levantó con facilidad, sus manos en mi cintura, y me sentó en la mesa. Jadeé; mis piernas cortas se abrieron alrededor de sus caderas.

—¿Qué haces? —pregunté, pero no me aparté.

—Quiero besarte —dijo, y lo hizo.

Su boca era caliente, hambrienta. Sus manos subieron bajo mi blusa, acariciando mis pechos; mis pezones se endurecieron al instante.

—Alex… eres el amigo de mi hijo —gemí contra sus labios.

—No me importa —respondió, besándome el cuello—. Te deseo desde que entraste.

Me cargó al dormitorio sin esfuerzo. Me depositó en la cama y me quitó la falda con urgencia. Mi intimidad ya estaba mojada.

—Quítate todo —pedí, tirando de su camisa.

Se desnudó; su miembro erecto era grueso, largo, impresionante. Lo toqué, sintiendo su calor.

—Es tan grande… comparado conmigo —susurré.

Se posicionó entre mis piernas, frotando la punta contra mi entrada.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Sí, entra —supliqué.

Empujó despacio, llenándome por completo. Grité de placer; mi cuerpo menudo se adaptaba a él.

—Más profundo —pedí, clavándole las uñas.

Embestía con ritmo; el sonido de nuestros cuerpos era intenso. Me puso encima.

—Muévete tú —dijo, apretando mis pechos.

Cabalgaba con furia; él succionaba un pezón. El orgasmo me golpeó fuerte; mi interior se contrajo alrededor de él.

—¡Alex! —grité, empapándolo.

Me volteó y siguió hasta derramarse dentro, su semilla caliente llenándome.

Después, jadeantes, me abrazó.

—Esto no debería haber pasado —dije.

—Vuelve cuando quieras… limpiar o lo que sea —respondió, besándome la frente.

Y volví. Muchas veces.